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viernes, 4 de diciembre de 2015

El 20 de diciembre o el día que nada cambiará (Posicionamiento personal ante las elecciones generales)





Jon E. Illescas (Jon Juanma) *

Partamos de una cuestión clave: las elecciones democráticas dentro del marco antidemocrático del capitalismo, es decir, de una sociedad dividida en clases donde una (la capitalista) se lucra y decide dictatorialmente del producto fruto del esfuerzo de otra (la asalariada) no pueden ser democráticas ni decidir nada sustancial de la vida pública. Si así fueran no se celebrarían. Así de simple. Del mismo modo, sería absurdo pensar que en la “democracia” ateniense los amos de los esclavos permitieran votar a los mismos y de ese modo pudieran acabar pacíficamente con la esclavitud. En la actualidad, los obreros a diferencia de los esclavos votan, pero su voto debe ser inofensivo para que nada importante cambie con él. Las leyes electorales dictadas por la élite distorsionan el voto popular mediante circunscripciones provinciales, leyes que sobredimensionan a los dos principales partidos, voto amplificado en las poblaciones rurales, imposibilidad de sufragio para muchos inmigrantes o jóvenes trabajadores menores de 18 años, etc. Tenemos un día de medio-democracia y el resto del año de dictadura económica. Así las elecciones, en nuestro sistema, se transforman en un modo de lograr el consenso. Hacen creen a las mayorías que viven en una verdadera democracia cuando nada dista más de la realidad. Mucho en ellas es falso, salvo los porcentajes de votos emitidos que luego serán deformados por la ingeniera electoral diseñada para la ocasión.

La leyenda afirma, por ejemplo, que la campaña comienza quince días antes del día del sufragio, cuando en realidad dura los 365 días del año. Así es porque cada día nos bombardean  desde sus medios de comunicación de modo imperativo sobre a quiénes tenemos que votar y a quiénes no. Quiénes nos deben caer mal y quiénes simpáticos. Quien reirá con Bertín Osborne y quien con Pablo Motos. Un flujo audiovisual e ideológico que bañará a las masas y donde las voces más disonantes con el proyecto de los poderosos, como la de Izquierda Unida representada por Alberto Garzón, son infrarrepresentadas en las pantallas y barridas del debate mediático. Donde dos partidos sin representación en las pasadas elecciones generales (Podemos y Ciudadanos), es decir, sin que el pueblo haya expresado democráticamente que desee que sean parte del escenario político, llevan meses en las principales cadenas de televisión gracias a las decisiones entre bambalinas de los magnates que forman  la oligarquía mediática de la clase capitalista. ¿Quién convirtió si no de la noche a la mañana a unos completamente desconocidos Pablo Iglesias o Albert Rivera en personajes tan populares en el imaginario colectivo español?

Ante el hundimiento del PSOE y el aumento de la intención de voto de Izquierda Unida en el período 2011/2014, la oligarquía mediática tuvo que mover ficha. Por ello decidieron inflar una opción competidora (Podemos) para dividir el voto de izquierdas, lo que con nuestro sistema electoral significa disminuir la representación institucional de la izquierda. Cuando Podemos creció demasiado movieron nueva ficha con Ciudadanos. Así consiguieron dividir a la izquierda y neutralizarla a la par que construían una muletilla para un bipartidismo en horas bajas. IU, pese a ser una organización política con una praxis claramente socialdemócrata casi siempre dispuesta a pactar con el PSOE (pese a su retórica intermitente anticapitalista), siempre ha sido una opción electoral poco querida para la élite (no en vano, dentro de ella la hegemonía actual la tiene el siempre molesto Partido Comunista). Pese a sus idas y venidas y sus muchos defectos y excesos, IU tenía y todavía tiene la militancia más numerosa consciente y contrahegemónica de este país. Las políticas socialdemócratas que defiende (véase el anterior gobierno andaluz), son demasiado a la izquierda para los límites y la correlación de fuerzas del actual sistema-mundo capitalista. Un sistema donde el capital es privilegiado ciudadano universal y los trabajadores estamos divididos como el ganado engordando para el día de la matanza en diversos establos perfectamente vallados llamados Estados-nación. Un sistema que asegura retóricamente que cada Estado-nación es soberano cuando desde el Tratado de París de 1763 no existe nada parecido a la soberanía nacional, menos desde que el libre flujo de capitales es una realidad soberana y todos los productos y servicios que consumimos son parte del mercado mundial.
Después de más de cinco siglos de desarrollo capitalista y pese a los incuestionables avances del movimiento obrero entre el siglo XIX y principios del XX o las mejoras científico-tecnológicas que continúan hasta la fecha, todavía no hemos conquistado la democracia. Sólo tenemos elecciones distorsionadas para las comarcas del mundo (es decir, los países) cuando todo lo sustancial (política económica, medioambiental, derechos humanos, guerras, narcotráfico, tráfico de armas, paraísos fiscales, etc.) se decide en la arena internacional. El camino es luchar por la democratización de los organismos supranacionales y como objetivo final, construir una Asamblea de Naciones Unidas con poderes legislativos y ejecutivos elegida por sufragio universal por todos y cada uno de los habitantes del mundo en circunscripción única. Mientras o después de esto (según las posibilidades), habrá que cambiar el modo de producción capitalista por uno socialista. Es decir, pasar de un sistema-mundo interestatal capitalista a un sistema-mundo socialista que pueda enfrentar los graves retos que tiene delante de sí el género humano y que con el capitalismo sólo irán a peor por sus propias contradicciones: desempleo estructural, cambio climático, hambre, guerras, migraciones, terrorismo, etc. La solución no es volver a marcos pretéritos como la soberanía monetaria (como la peseta) ni buscar la independencia política de ciertas regiones (como Cataluña), la solución es globalizar las luchas y construir una nueva internacional socialista incluyente que adopte lo mejor de las internacionales pretéritas y aprenda lo mejor de organizaciones internacionalistas más inclusivas como el Foro Social Mundial.

La izquierda está totalmente perdida y ha cambiado su internacionalismo marxista por un nacionalismo pequeño-burgués de carácter reaccionario en lo económico y por ende, en lo político. La izquierda no puede defender “un nuevo país” como hace Izquierda Unida o Podemos cuando los países no tienen ninguna soberanía ya que el escenario de decisiones actual se desarrolla en el plano  internacional (y está bien que así sea pues es parte del progreso histórico que nos saca del endogámico provincialismo propio de modos de producción anteriores mucho peores que el capitalismo). Además, el alejamiento de la izquierda del marxismo coincide con su pérdida de la brújula económica defendiendo la pequeña y mediana empresa que son claramente regresivas desde un punto de vista tecnológico y laboral (pese a lo que pueda parecer a primera vista, los índices de sobreexplotación son siempre mayores en la pequeña empresa ya que para competir en el mercado frente a las grandes con menores capitales, tecnología, etc., deben “apretar más las tuercas” a los obreros que además tienen un grado de sindicación menor). Otro resultado de esta pérdida de orientación ideológica en la izquierda se manifiesta en el aumento del oportunismo político con desesperados acercamientos e importaciones ideológicas de opciones minoritarias de carácter cada vez más dogmático, extremista y reaccionario como el feminismo discriminatorio o el laicismo integrista que se están estableciendo como dogmas intocables en parte de esta izquierda, precisamente por su alejamiento de la mayoría social y su incapacidad de razonar con empatía con los, en principio, alejados de sus filas.

Pese a todo esto y otros cuantiosos defectos (electoralismo patológico, falta de autofinanciación, abandono de la formación, relación crédula con los medios masivos, etc.) que hieren en lo más hondo de un marxista como quien les escribe, el 20 de diciembre votaré a Izquierda Unida porque es la opción respaldada por la mayoría de la clase trabajadora consciente de este país, con la militancia que más ha luchado en favor de los oprimidos durante todos estos años de recortes y porque tiene como cabeza de lista, hasta que se demuestre lo contrario, al candidato más serio y menos oportunista de todos cuantos se presentan: Alberto Garzón. Las elecciones son expresión simbólica artificialmente disminuida del grado de conciencia de los oprimidos. Por algo las organizan los opresores. Quien piense que después del 20D va a cambiar algo sustancial en la estructura social es que vive en la inopia. Palabra de alguien que el mismo día de las elecciones actuará de apoderado por respeto a las luchas pasadas y los esfuerzos altruistas de sus compañeros por construir un mundo mejor. 

Así, pase lo que pase en estas elecciones con calculado sabor navideño, los marxistas sabemos que en realidad no pasará nada. Los capitalistas seguirán gobernando en la política y la economía, la sociedad seguirá dividida en clases enfrentadas y las fronteras de los países harán todo lo posible para amargarnos la vida a los desafortunados miembros de la clase trabajadora internacional. Ocurra lo que ocurra el día de las elecciones generales los marxistas sabemos que los beneficios tecnológicos seguirán sin redundar en una reducción de la jornada laboral y que continuaremos compitiendo los unos con los otros por los cada vez menos puestos de trabajo que queden en el mercado. Sin importar qué alianzas de gobierno se alcancen en el ejecutivo español, sabemos que tendremos que seguir haciendo mucha pedagogía para que no sólo esta izquierda errante sino la mayoría de las personas (se consideren o no de izquierdas) entiendan que bajo el capitalismo y su “gestión” (que gestiona a los gestores) no habrá futuro digno posible, que la única solución para los peores males de este mundo se llama socialismo democrático y que éste, sólo podrá implementarse internacionalmente en una sociedad sin clases, donde todos seamos simultáneamente ciudadanos y trabajadores.

Algunos pensarán al leerme que lo que propongo es un programa maximalista e incluso utópico y que mientras tendremos que vivir el día a día. Y lo viviremos, por supuesto. Pero lo podemos hacer de dos formas muy diferentes. Engañándonos con esperanzas vanas que desemboquen continuamente en la derrota y la desilusión (véase Grecia) o ilusionándonos con una guía sólida y realista de construcción de un futuro superior. Cuanto antes sepamos dónde está ese camino, antes llegaremos a nuestro destino. Mientras tanto, seguiremos como hasta ahora, deambulando en el desierto de los moribundos y los mil veces derrotados.
Por eso es hora de volver a estudiar a Marx, de construir una nueva internacional de asalariados y de sembrar la buena nueva del (posible) futuro socialista global. Sin miedo al que dirán, sin miedo a conquistar un futuro verdaderamente humano para nuestra sociedad mundializada.

Jon E. Illescas Martínez, también conocido bajo el seudónimo de “Jon Juanma” es autor de los libros “Nepal, la revolución desconocida” (La Caída, 2012) y el recientemente publicado “La dictadura del videoclip. Industria musical y sueños prefabricados” (El Viejo Topo, 2015). Doctor en Sociología y Comunicación y Licenciado en Bellas Artes es militante de Izquierda Unida y el Partido Comunista de España.

Correo: jonjuanma@gmail.com

lunes, 28 de septiembre de 2015

Guerra de banderas mientras la izquierda observa colonizada (Sobre los resultados en Catalunya)





Ayer en Catalunya, pese a la guerra de banderas catalanas y españolas, en realidad perdió el único grupo que no ondeaba ninguna tela ni que se atreve siquiera a sacarla. Ganó una clase, la burguesa, y perdió otra, la trabajadora. Ganaron los recortadores y perdieron los recortados. Ganó la hegemonía capitalista pese a los diversos disfraces nacionales que adopta (¡le encanta travestirse!) Curiosamente, poco después que Junqueras, Mas y Romeva acabaran su previsible discurso y se oyera una canción en català, sonó el mismo flujo de pop americano sintetizado que bailan los jóvenes catalanes o murcianos, gallegos o castellanos, en las discotecas financiadas por capitales de todo el mundo. Todos, independentistas catalanes y nacionalistas españoles bailaron al mismo ritmo de la hegemonía burguesa.

Es mucho más fácil interiorizar que “la culpa es de los españoles” o que “la culpa es de los catalanes” que unir a ambos en la misma sintonía y señalar que el problema reside en el capitalismo y sus ejecutores (Mas, Rajoy, la Troika, etc.). Esto demuestra que la Ley Universal del Mínimo Esfuerzo (LUME) también gobierna en la lógica política de los gobernados/dominados. Para que el primer mensaje triunfe, sólo hay que estar jodido con algo y echarle la culpa a alguien bien delimitado (“los españoles”, “los catalanes” o, mejor aún, “España” y “Catalunya”). Para entender que el capitalismo nos oprime a todos hace falta estudiar, entender la lógica del sistema y saber que se puede substituir por otro superior.

Los únicos que se atrevieron a desmarcarse (parcialmente) de la guerra de banderas durante la campaña fueron Catalunya Sí que es Pot. Sin embargo, no izaron su propia tela. ¿Alguien se percató de alguna bandera roja que unificara a todo el género humano independientemente del lugar de nacimiento? Es más (que no Mas), su propio nombre (“Catalunya sí que es Pot”) indica su hipoteca con la ideología burguesa: “Catalunya”. ¿Alguien se imagina una unión de la izquierda en todo el Estado para diciembre que se llamara “España sí se puede”? Sonaría demasiado “facha”. Y tanto en un caso como en otro, efectivamente lo son (o lo serían). No existe nada que se llame Catalunya o España, no son personas ni seres vivos, como mucho espectros. No sufren los recortes hospitalarios ni la subida de las matrículas universitarias. Hay catalanes que sí y catalanes que no, españoles que sí y españoles que no, obreros que sí y burgueses que nunca. No existen las naciones como sujetos políticos, existen las personas y las clases. Los límites nacionales han sido tradicionalmente impuestos a punta de espada o de tanques por los conquistadores, las diferentes clases dominantes cuando se reparten los territorios, etc. Las naciones sirven para dividir a la clase trabajadora en diferentes establos donde las burguesía mundiales nos sacan hasta la última gota de leche, donde nos explotan para obtener sus beneficios (que luego invierten muy “nacionalmente” llevándoselos a algún paraíso fiscal). Sin embargo, luego muchos de los explotados, bailan al son de las banderas de los establos. ¿Puede haber algo más absurdo, más primario, en estos tiempos de mundialización de los goces y los padeceres?

Lo cierto es que desde el inicio de los tiempos el homo sapiens necesita símbolos que le ayuden a generar una identidad. Que, más allá de su materialidad cruda, les enraícen como “sujetos” a un conjunto mayor, les hagan sentir parte de una comunidad. Sin embargo, pese a que vivimos en un mundo más interconectado que nunca, menos “nacional” y más mundialmente interdependiente, donde todos consumimos los mismos productos culturales, donde catalanes, españoles, griegos y alemanes bailamos las mismas canciones internacionales y vemos las mismas series o películas, las banderas, en parte, parecen ondear más fuerte que nunca.
Del 27S podemos aprender que las mayorías bailarán al son de los símbolos de sus burguesías porque son ellas las que controlan los medios de comunicación y el resto de industrias de la conciencia. Los activistas sociales y militantes somos minoría, pese a todos los cientos de recortes, pese a todo el dolor y el sufrimiento generados a millones. Seguimos siendo minoría. Hemos sido socializados desde niños por sus industrias de la conciencia para ser ciudadanos pasivos. Eso no se rompe de la noche a la mañana. La propaganda política no dura quince días durante las elecciones, dura todo el resto del año. La oligarquía mediática de la clase capitalista controla nuestros sueños y anhelos, nuestras esperanzas, porque la mayoría de la gente consume acríticamente su flujo cultural e ideológico (sus informativos, sus programas de entretenimiento, sus películas, sus canciones, en definitiva, su cultura). 

Sin nuestros propios medios y nuestra propia industria cultural socialista jamás podremos disputar la hegemonía. Y así las burguesías nos enfrentarán a placer mientras nos explotan en cada uno de sus establos “nacionales”. Ya lo hicieron en dos guerras mundiales y serían perfectamente capaces de hacerlo en una tercera. Las mayorías de izquierda dependen de los medios burgueses en exceso. Se creen, por ejemplo, que un canal como La Sexta, propiedad de Planeta, de la familia capitalista Lara, es “de izquierdas” porque en algunos programas se escuchen a los nuestros. Pensemos en algo. ¿Cuándo Podemos consiguió las máximas expectativas de voto y cuándo comenzó su caída libre? ¿Coincidió con el tiempo que más aparecía en los medios masivos y cuando dejó de hacerlo? ¿Por qué dejamos que sean ellos los que controlen quiénes de los nuestros son mediáticos y  los temas en torno a los cuales girarán nuestros debates con los amigos en la calle, en el trabajo, en el bar, etc.? ¿Por qué dejamos que controlen nuestra agenda política? La izquierda agonizante, la que todavía no quiere besar las banderas de los dueños de los establos, la que sueña con una humanidad emancipada, necesita crear sus propios medios y su industria cultural para generar sus propios símbolos, nuestra propia conciencia internacionalista y hacerla masiva entre la mayoría de la población que hoy por hoy no irá a una manifestación ni pisará una asamblea. Necesitamos llegar/ilusionar a los que actualmente jamás se apuntarán a un partido político, a un sindicato o a una asociación de acción contrahegemónica. Es decir, a la inmensa mayoría.

Sin la unión de toda la izquierda contrahegemónica para construir nuestros medios unificados, nuestra propia industria cultural, sólo consumiremos hegemonía burguesa y pensaremos como ellos quieren que pensemos. Necesitamos nuestra cultura solidaria, racional a la par que cálida, rebelde a la par que humana: nuestra cultura socialista. Si por el contrario, hemos de seguir luchando en sus medios, ellos controlarán el mensaje y los minutos que saldrán nuestros responsables. Si no construimos nuestra industria cultural contrahegemónica jamás conseguiremos la hegemonía en la sociedad, seremos minoría para siempre y cada vez más, los pocos que quedemos, estaremos más colonizados mentalmente. No podemos luchar contra los medios masivos tanto offline (radio, TV, etc.) como online (Internet) desde una multitud de pequeñas páginas de información alternativa en Internet. O desde asambleas de cientos de personas cuando los telediarios son vistos por millones a los que les lavan el cerebro. No podemos luchar contra un ejército de aviones, tanques y drones con tirachinas. Necesitamos seducir a las mayorías y aumentar la formación de nuestros activistas y militantes. Pero precisamos hacerlo con seducción, con canales poderosos que lleguen a más gente y con objetivos que ilusionen. Necesitamos nuestra televisión, nuestros telediarios y nuestras propias canciones. Pero además necesitamos que cambien el discurso, que se haga más valiente. Movilizar a la gente para evitar los recortes no ilusiona a nadie. Ya llevamos años de recortes y se están normalizando por cansancio. Al final a las acciones a la calle acuden (algunos) de los afectados y los militantes de siempre. No se amplía el círculo. Por eso no hay mejor defensa que un buen ataque. Por eso, debemos hablar de la  emancipación del género humano y la lucha por el socialismo internacional. No hay gestión humana en el capitalismo (obsérvese a Syriza en Grecia). Necesitamos apuntar como objetivo un mundo donde todos vivamos juntos valorando nuestras diferencias como un tesoro, donde la riqueza se redistribuya, donde reduzcamos la jornada laboral gracias al progreso tecnológico y donde se garantice el pleno empleo porque las empresas serán de nuestra propiedad. Eso sí son sueños por los que vale la pena movilizarse, sí dan ganas de luchar. El socialismo mundial es techo, pan, salud, cultura y libertad. Bajo ese objetivo político cabemos todos, catalanes y españoles, pero también estadounidenses, chinos y sirios. ¿Alguien se atreverá de una vez a volver a izar esa bandera?

* Jon Juanma es el pseudónimo de Jon E. Illescas Martínez. El autor es Licenciado en Bellas Artes y Doctor en Sociología y Comunicación. Blog: http://jonjuanma.blogspot.com.es/

** El artículo fue finalizado el 28 de septiembre de 2015.

jueves, 21 de mayo de 2015

Pescadores de futuro (Posicionamiento electoral ante el 24M)






Dicen que la mente funciona por asociaciones. Al saber que Cayo volvería a Torrevieja recordé la figura de Cayo Graco, tribuno que defendió a los sectores populares en la Antigua Roma. Pero al acordarme de Roma, mi mente se inundó de escenas de una inolvidable película protagonizaba por Kirk Douglas. Efectivamente, estoy hablando de Espartaco, el gladiador que junto a otros esclavos se rebeló contra la esclavitud. En la historia real la rebelión duró dos años en los que derrotaron al ejército romano en seis ocasiones. A la séptima fueron vencidos y miles de rebeldes fueron crucificados públicamente para que a ningún esclavo más se le ocurriera rebelarse. Entonces, ¿toda aquella lucha no sirvió para nada? Al contrario, por miedo a otras rebeliones la clase dirigente permitió avances. Se produjeron reformas legales que mejoraron la durísima vida de los esclavos. Pero, ¿por qué estos avances nos saben a tan poco? ¡Porque seguían siendo esclavos! Y hoy la esclavitud, con razón, nos parece una brutalidad.


En la actualidad  los que trabajamos ya no somos esclavos de nuestros jefes… ¡bueno!, entiéndase, al menos no somos parte de su propiedad como una silla, un coche o un perro. No nos pueden vender, pero siguen viviendo de nuestro esfuerzo y la sociedad sigue dividida en clases: ahora capitalistas contra trabajadores. Pues igual que  hoy a la inmensa mayoría nos parece una brutalidad la vida de un esclavo del mundo antiguo,  en un futuro nos parecerá una brutalidad la vida de los trabajadores en el mundo actual. Los humanos del futuro estudiarán horrorizados cómo nos quedamos sin trabajo, sin casa, sin comida, sin acceso a la educación o a la sanidad por garantizar los beneficios de las empresas y los bancos de una clase. Afortunadamente no hace falta visitar ese futuro más evolucionado para horrorizarse. A algunos ya nos parece una salvajada y por eso estamos aquí reunidos. ¿Servirá de algo nuestra rebeldía en un presente bárbaro? Por supuesto, los logros del futuro, en nuestra vida o en la sociedad, se construyen con los peldaños que subimos cada día.


Nosotros no somos, o no deberíamos ser, como otros partidos de reciente y mediática creación que venden esperanzas como las empresas venden sus productos en televisión. Les ponen nuevo envoltorio y dicen “vóteme porque soy más joven y fresco, vóteme y se acabarán sus problemas”. No. Nosotros sabemos que mientras exista el capitalismo seguirán existiendo crisis, paro, hambre, guerras y el resto de injusticias que todos conocemos. Podrán cambiar las caras de los multimillonarios o la de aquellos políticos que obedientemente les sirven,  pero seguirán existiendo clases. La ley seguirá sonriendo a quien tenga más dinero.  El teatro de nuestra sociedad seguirá llamándose capitalismo y por eso cada día los asalariados irán a trabajar sin saber si el próximo mes conservarán su puesto en la empresa, si el jefe les hablará mal, si tendrán que hacer horas extras o si podrán tomarse las vacaciones que las leyes aseguran garantizarles. En definitiva, seguirá existiendo la explotación de los trabajadores por el conjunto de la clase dominante. Seguirán contando más los beneficios de unos pocos que el bienestar de la mayoría. Y eso no lo cambiará un voto. Ni por Izquierda Unida ni por nadie. 


Sólo cambiará cuando la mayoría deje de votar a los que venden humo prometiéndonos una vida digna dentro de un sistema explotador. Del mismo modo que no se puede gestionar el esclavismo para que los esclavos sean libres, no se puede gestionar el capitalismo para que las empresas no aplasten los derechos de la mayoría cuando éstos pongan en riesgo sus beneficios. Votar a los compañeros de Izquierda Unida es un paso necesario de los muchos que debemos dar para construir una sociedad superior. Pero el único modo de que las cosas cambien de verdad es que construyamos una sociedad sin clases, donde el trabajo y sus frutos se repartan entre todos, donde la tecnología sirva para reducir la jornada laboral y donde la democracia no sea una extraña que nos visita una vez cada cuatro años. Ese futuro se llama socialismo y lo sepamos o no, lo construimos desde las luchas del presente, como los esclavos o los siervos rebeldes construyeron lo mejor de nuestra sociedad con sus esfuerzos del pasado. 


Torrevieja ha sido tradicionalmente una tierra de pescadores, de trabajadores de la mar que dejaban el calor de sus hogares para faenar y traer el sustento a casa. Hoy hay menos pescadores pero siguen existiendo más trabajadores que señoritos. Todos trabajan duro para sobrevivir con sus familias: camareros, dependientas, transportistas, limpiadores, profesoras,  autónomos, pequeños empresarios y un largo etcétera. Sin embargo, cuando llegan las elecciones Torrevieja se vuelve de nuevo un pueblo de pescadores. Muchos quieren pescar votos y otros pocos quieren pescar futuros pescadores para que a nadie le falten peces. Los que pescan votos, votos comerán y otros les darán su vil sustento a cambio del engaño colectivo. Los que enseñan a pescar peces serán los más queridos por el pueblo.


El futuro socialista no es una utopía sino un proceso en construcción que se acerca cuando trabajamos para que cada vez más personas entiendan su necesidad, la compartan y lo traigan al presente. Cuando salimos a faenar por ese futuro, me gusta saber que voy en un barco lleno de pescadores que luchan por arribar a una orilla mejor. Así ha avanzado la humanidad durante siglos. No hay atajos, sólo ilusión y esfuerzo. No os dejéis engañar por nadie, porque sólo de nuestro trabajo de concienciación e implicación política podemos esperar frutos. No esperéis que nadie os resuelva la papeleta invitándoos  a que metáis la suya en la urna. Sois trabajadores, os pasáis la vida trabajando para otros, no sed ingenuos. ¿Acaso los empresarios hacen vuestro trabajo en la empresa? ¿Por qué lo van a hacer desde la política? Trabajad por vuestros sueños y no olvidad quiénes son vuestros compañeros de viaje. Aquí  me siento entre compañeros. Por eso este domingo y cualquiera que venga no votaré por nadie que no lo sea, no votaré por nadie que no represente a la clase trabajadora. No queremos votos ni peces para que unos pocos sigan engordando con nuestro sacrificio. Queremos trabajadores y trabajadoras concienciados, pescadores de futuro. El domingo sólo es un puerto más de un largo viaje, pero cada puerto cuenta para llegar a nuestro destino.



* El presente artículo fue la reflexión que realicé al inicio del acto central de campaña en Torrevieja, con la visita de Cayo Lara al municipio el 20 de mayo de 2015. En el mitin intervinieron también los siguientes compañeros: Marga Sanz (Coordinadora de Esquerra Unida País Valencià), Víctor Ferrández (Coordinador de Izquierda Unida Torrevieja y candidato a la alcaldía) y Esther Barceló (cabeza de lista de EUPV por la circunscripción de Alicante).


** Jon Juanma es el seudónimo artístico de Jon E. Illescas Martínez, Licenciado en Bellas Artes y Doctor en Sociología y Comunicación. Correo: jonjuanma@gmail.com Blog: http://jonjuanma.blogspot.com.es/